jueves, 20 de febrero de 2014




HACÍA OTRA LUZ

Alfonso Vila Francés


(accésit al premio Marco Fabio Quintiliano de poesía, 2003)




CIRO

Todavía no ha llegado la hora

de la batalla,

pero ya se escucha

un rumor de buitres hambrientos

en los altos cantiles.

Un joven hoplita rompe una lanza,

se traspasa el pecho

por amor a un esclavo;

y él, impasible, mudo,

hunde los ojos en el horizonte

imaginando –calculando–

cuántas nuevas derrotas

traerá la victoria.

 

Bajo las ramas polvorientas

aguardan, inmóviles, los soldados.







LA CITA

Para P. y M., amantes desdichados.

En el Cotolengo,
la vieja fabrica de tejidos,
tienen la cita.
Más propios de tiempos heroicos
que del trivial presente
acuden con solemnidad
a la hora convenida.
Allí donde las nubes tienden trampas
a los aviones,
donde un joven triste escondió en la espesura
una daga envenenada,
y la daga floreció y fue devorada
por un millón de hormigas radioactivas,
allí donde el musgo le dice al muro:
Ven, déjate arropar por mí, yo
te protegeré del frío y la lluvia,
allí donde el onagro enloquece, donde la flauta
es vencida por la piedra,
ellos van alumbrando
herida a herida, beso a beso,
su tragedia antigua, su amor oscuro,
su templo ciego.
Entre acto y acto, entre grito y grito
los minutos se van llenando de arena.
Como lastres de aire enrarecido
pesan las palabras,
mientras los labios cansados
apenas ven lo que matan.
¿Lo presienten? ¡Sí, claro! ¡Lo presienten!

Un instante de luz.
Un instante de luz atroz.
Después, nada
Después ya no hay nada

Mejor dicho
después, mucho después, hay una hoja
en blanco
intrincada y salvaje como una selva
y hay un hombre con un hacha
y alguien
que escribe:

Ahora voy diseccionando vuestros cuerpos
aún tibios
mientras pienso
       en las palabras
que Anais Nin disparó a Henry Miller:
en nuestro interior vive un escritor,
no un ser humano”.

Y hay un tigre asustado.
Y una paloma con las alas en llamas.
Y todos van a ellos. Todos acaban
en ese lugar invisible
     y cierto
donde rige la herrumbre,
donde moran los magos y son corrientes los prodigios,
donde van a morir los augures
después de tantas palabras
gastadas
a medias.

Y es inútil.
Los poemas son
como la sonrisa del asesino. Como cajas
que una vez abiertas
ya no pueden cerrarse.




MARINA TSVIETÁIEVA ABANDONA MOSCÚ

Si heu de fer-me callar, que sigui ara
        LLUIS LLACH


Si la espada ya siente la llamada de la oreja.
Si la sangre de los Justos chorrea en los salones,
asciende por las gargantas, brilla
en la pupila intacta del ocaso.
Si es tarde para el olvido y pronto para el perdón.
Si vais a hacerme callar...

Una palmera amiga me ha estallado entre las manos.

Ahora que el ogro lúcido no muestra sus garras
sino la risa tonta de un niño sin infancia.
Ahora que el león del alma duerme
 y puedo escribir te amo
sin ensanchar la herida.
Ahora. Ahora...

¡Qué sea ahora!




COMIENZA EL RÉQUIEM

Quizás el fiero ángel del ocaso
consiga hacernos olvidar
que infringimos nuestra promesa
y desdeñamos la ley.
No busques más trampas en la arena.
En las aristas de esta tarde
de hexágonos canallas
y trompetas circuncidadas
un niño castrado, oculto entre matojos,
entona una canción de amor.
Ayer un girasol mordió a un hombre
que ocultaba una ciudad sumergida
en la suela de su zapato.
Así las cosas, no es difícil entender
por qué las cazuelas rencorosas
nunca te perdonarán
tu afición a los juegos de azar.
¿De dónde entonces ese estupor,
ese desesperado buscar cobijo
entre ruinas de amapolas?
Tus héroes están exhaustos,
¿acaso no lo sabes?
Dejaron morir de tedio a sus caballos,
ennegrecieron sus tapices,
demolieron sus castillos.
Ya nada podrás arrebatarles.
No habrá, pues, ojo desvaído en el horizonte.
El crepitar de mandíbulas
de los lagartos ciegos
no alejará tu sueño.
Cuando te ofrezcan un alimento,
no temas ni al tigre ni al cazador:
ningún veneno hallarás en él.
Será como descender un largo túnel,
con las paredes encaladas con oro.
Y ahora: ¡silencio!
Comienza el réquiem.





LO QUE NO CONTÓ EN SUS CARTAS

Todo podría suceder: el ahogamiento deliberado, el asesinato, las palabras que matan.
                                                                                        SYLVIA PLATH 
           

Y ahogo mi llanto en un mar de espuma tibia.

Soy cautivo de sus blancas olas,
ellas me arrastran, me lamen, me besan…
y yo me dejo poseer y soy poseído,
a través de oscuros vértigos,
en un destello de placer y violencias inútiles.

Una lluvia lúcida de rocas afiladas,
un estallido sordo con fragor de astros encendidos.
Sobre la vaga anatomía del horizonte
cipreses desnudos tiritando miedo
sueñan un rumor antiguo de cascos milenarios,
de crines alborotadas y espadas iridiscentes.

Ya no veré ni el tibio mar de espuma,
ni la belleza azul de las sirenas dormidas.







TOUT EST DIT


            Malgastaste tus horas más dulces
            en vanos devaneos.
            Y ahora sufres el dolor de los tacones gastados
            en tus dedos estériles.
            Escucha:
            Si acercas el oído al rumor soterrado
            de las palabras,
            entenderás que el secreto más preciado
            todavía te reclama. Estás en el instante preciso
            del vivir gozoso. La derrota del tiempo
            acecha tus mejillas,
            pero la sabiduría de la memoria
            te dotó del instinto certero
            del cazador experimentado.
            ¿Por qué lamentarse entonces, cuando la existencia aún
            te ofrece sus frutos maduros y abundantes?
            Cógelos y cómelos.
            Y no le pidas al cielo imposibles innecesarios
puesto que sus tesoros ya adornan tu mirada.





AQUEL SACERDOTE DE NÍNIVE

Era la noche una hoguera, una secreta
invitación al suicidio, un martirio
de cuerpos anegados y cuchillos en celo,
un sepulcro dócil, una catedral de dólmenes
naufragados, un jardín mutilado y tenebroso,
un coliseo, un lago.
Más hondo. Golpea más hondo.
Las piedras no esconden su dicha
y saltan de gozo
aunque la hoja de pergamino
se moje irremisiblemente
y la tela de araña no sirva para pescar
ni una triste sombra de palmera
ni un pobre reptil, cantó
aquel anciano sacerdote de Nínive
que siendo joven había perdido dos dedos
por codiciar a una muchacha
que pronto habría de ser sacrificada
por designio de un dios o deseo de un rey
cuyo nombre no debía ser pronunciado
en las noches en que la luna
se desprendía de su túnica blanca
e, indecisa y pudorosa,
permanecía oculta a los ávidos ojos
de los profetas.
Más hondo, grité yo,
tan hondo como este río,
este vasto río de huérfanos
que no encontró mar.
Desenvainé mi espada,
sorteé la mirada turbia de los ídolos caídos
(danzaban los árboles, resplandecían
los palacios a la luz de las antorchas)
y comencé de nuevo.
En la ciudad clausurada,
la noche desplegaba sus ejércitos.




APARICIÓN NOCTURNA

¿Quién ha astillado el espejo,
ese espejo invisible y azul
donde cada invierno
las nubes desataban sus cabellos
al arrullo de las sirenas de la nieve?,
mascullaste en mitad del sueño.

Podrías ser un tronco esbelto, dogal
o golem de tristes muchachas sumisas.
Quisiste ser peana dura, adusta arca oscura
inmune al martillo y el abrazo.

Puesto que la mañana aún no ha afilado
sus uñas de hierro, no entones todavía
los himnos a los muertos.
Cobíjate en tu sueño limpio,
ovilla las manos en la penumbra cálida
y repite conmigo:

Yo transito el silencio como otros transitan

                                                                                   
la esperanza. 





ORACIÓN


Yo,
hombre,
hijo del hombre,
sentina y templo,
aprendiz de naufragios, contramaestre
del llanto, con los dedos del dolor

hurgando en mis heridas, declaro

que no hay nada más allá de esta piel abrupta,
         de este sexo de arcilla húmeda,
         de estos muslos blindados
que me reciben con gozo caníbal,
que me muerden y ahogan.

Pero no hay nada más acá tampoco.
Oh laberinto del olvido, oh espada certera
del deseo, oh dioses
inmortales, oh musa verdadera,
apiadaos de mí pobre hombre solo,
lívida sombra de un sueño, asustado cíclope ciego.
Apiadaos
porque no hay nada más allá de estos labios,
                        de esta mirada nimbada,
de este beso tenue,
de este abrazo terco.
Apiadaos
porque soy como un niño bobo,
                        que ama sin saber que ama
y muere sin saber que muere.
                                                            Apiadaos de mí, apiadaos...



EL LIENZO

Voy a pintar un lienzo a la lluvia, te dije.
No la lluvia de la ventana,
no esa lluvia febril, adolescente,
que se derrama sobre el asfalto
haciendo reír a los tejados,
no esa sino la otra,
la que tan rítmicamente
va horadando el sedimento reblandecido
de las noches de insomnio,
esos momentos
que parecen desprendidos de los relojes absortos
por la mano de un dios terrible,
cuando la realidad me abandona,
y amanezco
en una dimensión hostil
donde lo que es no es
y los deseos cabalgan a lomos de sueños delirantes
(a través de un bosque de afilados cuchillos resplandecientes),
cuando resbalando por túneles futuros
con una lucidez rayana a la locura,
voy consumando rezo tras rezo
el estúpido aquelarre de la muerte.
Píntalo, respondiste.
Píntalo ahora mismo, con brío, con osadía.
¡Qué la sangre hirviente de los pinceles
cual corcel al galope arrastre tu mano!
Después vete, aléjate, huye.
Suceda lo que suceda, no vuelvas el rostro
ni cargues fardo alguno a tu espalda,
y, lo más importante, no permitas nunca, nunca,
que tu lienzo te delate.




MADRUGADA

Una vez más he querido escribirte una carta,
y una vez más he fracasado.
No es momento de indagar
qué fue de los lobos blancos de la pena,
adónde huyeron mis caballos, cuándo cesará
este infame goteo de búhos lujuriosos
y lápices enfermos.
Es momento de rasgarse la camisa del orgullo,
no a besos: a dentelladas.
Es momento de alzar los ojos
y arrojarse al estanque.
Es momento de bendecir la luz
y entrar en la cueva.
Para hacer habitable el amor,
es momento de enterrar las palabras.




EN EL TREN

Avanza máquina.
Avanza riel.
Avanza monte.
Avanza árbol.
Avanza cuerpo, tibio cuerpo
cuajado de lunas, duro cuerpo forrado
de gaviotas.
Avanza hacia fuera. Avanza
hacia dentro.
El abismo de luz que te aguarda,
te quemará un instante apenas.
Avanza sin temor,
con la cabeza alta.
Avanzad todos,
amigos, camaradas y hermanos,
ciudades, soles y praderas.
Avanzad espejos donde me cobijo,
donde me zambullo
en busca,
aún en busca,
de un azul más puro.
Avanzad selvas donde me alzo
y arenas donde,
rendido el ángel –el frío, el negro ángel
de la duda– me tiendo
para soñar
un beso desnudo de espadas,
un beso cálido y leve
que no deje una flor muerta en los labios.
 Avanzad volutas,
                                                estatuas,
gárgolas,
dinteles.
Avanzad signos,
epígrafes,
vocales:
vosotras hacéis habitable este páramo yermo,
este infierno diáfano
donde el reloj decapita riendo
y las gargantas
se anegan de sangre anónima,
            e invencible.
Avanzad palmeras.
Avanzad torres.
Avanzad rebaños, bandadas y orquestas.
Avanzad puentes, iglesias y murallas.
Avanza, ante todo, tú,
amor infranqueable,
rocío
del rocío,
relámpago
y ceniza, laberinto de olvido, herido estandarte
de deseo,
estrella y centauro.
Avanza más allá de la noche, avanza más allá
de ti misma.
Y ven.
Ven hacia mis manos, arrecifes de bruma,
que te reclaman,
te invocan,
te suplican
que las apacigües, las diluyas, las niegues
una vez más.
                                   
                                                Y para siempre.




AMOR, DEVASTADO TERRITORIO


                                           Una vez dijo amor. Se poblaron sus labios de ceniza.
                                                                     LUIS GARCÍA MONTERO

Cuando ya todo sobraba

y nada era bastante

nos juramos

(una vez dijo amor)

fidelidad eterna.
Amor, devastado
territorio, olvidada trinchera en la batalla
incierta de la vida, dime,
¿qué fue de aquellos astros
que heridos de humanidad
se perdieron,
altivos y desnudos,
en las frías brumas del tiempo?
(se poblaron sus labios de ceniza).




DEJADME AHORA HABLAROS DEL ENTONCES

Dejadme ahora hablaros del entonces.
Caía el sol sobre la ciudad desierta,
sobre las camas manchadas
con la sangre innombrable de los antepasados,
sobre los jardines homicidas de nula puntería,
sobre los autobuses calcinados a la hora del beso,
sobre la enfermería de aquel colegio de pago
donde agonizó su infancia
entre loas a la Virgen y juguetes perezosos,
y también sobre ese cuarto infinito
donde desnudos de carne
nos sumergíamos en las limpias aguas del deseo
con la dulce desvergüenza de los viejos amantes.
(Sí, lo sé, de esto hace tanto...
Epaminondas no había muerto todavía,
y los griegos luchaban todos juntos contra los persas,
mientras el niño Alejandro,
asomándose al abismo de la pubertad,
soñaba con las mujeres
que en banquetes interminables
suavizaban la amargura de su padre,
siempre preocupado por las cosas de los adultos.)
¿Por qué os hablo de esto,
ahora que ya acabó?
Las aguas del deseo se precipitaron río abajo,
y el viejo Alejandro ya sólo piensa en espadas desenvainadas
y ciudades imposibles.
Pero oíd lo que os digo:
Podrá el hombre caer,
gritar,
llorar,
levantarse y caer de nuevo
podrá el vampiro del amanecer desplegar sus
inmensas alas encendidas,
podrá el sol cegar a la salamandra,
podrá la luna engañar al girasol;
pero mientras en alguna parte alguien recuerde
que fue cierta la felicidad,
y todavía le queme su recuerdo,
y llore y ría frente al espejo
como un loco
frente a otro loco,
mientras esto ocurra
–aunque ocurra sólo una vez–,
todavía será posible la esperanza.

(Recordad esto. Y olvidadme a mí.)

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