MADRUGADA
Una vez más he querido escribirte una carta,
y una vez más he fracasado.
No es momento de indagar
qué fue de los lobos blancos de la pena,
adónde huyeron mis caballos, cuándo cesará
este infame goteo de búhos lujuriosos
y lápices enfermos.
Es momento de rasgarse la camisa del orgullo,
no a besos: a dentelladas.
Es momento de alzar los ojos
y arrojarse al estanque.
Es momento de bendecir la luz
y entrar en la cueva.
Para hacer habitable el amor,
es momento de enterrar las palabras.
MALDICIÓN POR ACCIDENTE
Vinieron días tranquilos.
No hacía frío ni calor.
Podías ir desnudo o vestido.
dormir tapado o destapado,
hablar o callar,
Trabajar o no hacer nada,
estar despierto o andar sonámbulo.
Estos días acabaron de pronto.
Me puse a escribir y no tuve cuidado.
Las palabras se disolvieron en el aire.
LAS AMIGAS DE MI MADRE
Las amigas de mi madre se van muriendo.
Esas personas que llamábamos “tías” sin ser realmente “tías”.
(¿”Realmente”?, tal vez debería decir “Legalmente”…)
Los tíos y tías “de verdad” también se van muriendo…
(Y se van muriendo “de verdad”, aunque uno
los sigue viendo en su memoria, los sigue viendo
en las fotos que tiene
en el ordenador,
y están tan vivos ahí que parece mentira que no, que
ya no estén, que nunca más van a estar, pero es cierto,
y eso no es lo peor…)
Esa frase terrible que escuché un día:
“ya solo nos juntamos para los entierros”,
se ha hecho realidad en mi familia más cercana.
Todas las amigas de mi madre, todos mis tíos y tías (oficiales
o no) estuvieron siempre ahí, siempre, desde el principio,
desde mi primeros recuerdos…
A veces me olvido que han muerto. Mi mente
se niega a aceptar algo tan simple como la muerte.
Recuerdo conversaciones, miradas, risas…
Es injusto que la gente
se muera, pienso, pero ¿qué se puede hacer
o qué se puede decir
que realmente sirva para algo?
Nada. No hay nada.
Son tantos años de recuerdos…
Las amigas de mi madre nunca me juzgaron.
Nunca hablaban mucho
con ese niño a veces, muchas veces, enfadado con la vida.
(supongo que con mi madre sí que hablaban de mí,
pero yo nunca lo pensé..)
Las traté más de adulto, cuando aún seguía enfadado
con la vida, pero ya sabía que lo importante es disimular…
(¿Quién no está enfadado con la vida?
Pero qué derecho tenemos
a molestar a los demás
con nuestros insignificantes enfados?)
Ahora que no están seguimos jugando.
Miramos de reojo las sillas vacías y tiramos los dados.
Hay muchas sillas vacías pero el juego sigue.
Pasamos sobre las casillas del tablero y no decimos nada
cuando alguien tiene mala suerte con su jugada.
De niños, los niños jugábamos en otra habitación
mientras los padres hablaban. Ahora no hay niños que jueguen
y los padres ya no tienen ganas de hablar…
Las amigas de mi madre me vieron crecer…
Y crecer es esto:
ver una habitación llena de sillas vacías
donde los pocos jugadores que quedan
ya no tienen ningún interés en ganar la partida.
¿Y porqué siguen jugando, por simple inercia?
¿Acaso hay algo más? No hay ningún premio
para el ganador, solo en una habitación vacía,
solo con los recuerdos y las fotos mentirosas.
Los dados caen. Las fichas se mueven…
SUEÑO O DELIRIO
Que toda vida que se vive plena es vida para escándalo
Luís Antonio de Villena
Yo nunca quise armar ningún escándalo
y por eso renuncié a vivir mi vida,
o, en todo caso, viví solo un poco,
muy poco, tomándola con cuidado,
torpemente, sin pretender llamar la atención…
(aunque mi torpeza solía traicionarme
para horror mío).
Veía como vivían los otros sus vidas.
Como algunos abusaban de ellas todo lo que podían,
y no les importaba el escándalo.
Yo me alegraba por ellos
pero no les envidiaba.
Sus tesoros estaban muy lejos, demasiado lejos,
inconcebiblemente lejos para mí, era inútil
desearlos.
Si alguien venía a preguntar: “¿Estás bien?
¿Quieres algo?”. Me apresuraba en responder:
“Sí, sí, estoy bien, no te molestes, no hace falta que
insistas, estoy perfectamente”. Era mentira, claro.
Y todos lo sabían. O mejor dicho:
nadie lo sabía. Porque nadie miraba.
Era solo mi miedo, mi miedo a ser visto,
a estar desnudo
delante de todos, a sentirse
juzgado por un tribunal
severo y cruel
que en realidad no existía: o que solo existía
en mi imaginación.
Nadie miraba, pero mi miedo estaba siempre ahí.
Pasar discretamente, lo más discretamente posible.
Pero mi torpeza…
Mi maldita torpeza…
¡Ay! ¡Quién fuera invisible!
Observar a los hombres sin ser visto nunca.
Y no necesitar nada.
EMMANUEL CARRÈRE Y SUS HERMANAS HACIENDO KOLJÓS
JUNTO A SU MADRE MORIBUNDA
Nosotros no haremos Koljós.
(¿O sí?, ¿cómo saberlo?)
Nosotros no estamos cerca.
(Aunque lo estemos, si lo estamos…)
Nosotros sabemos que la cadena es larga, muy larga,
pero tiene un final
y si te pasas aprieta
y duele.
Nosotros no hablamos del tema.
No es que no “queramos” hablar del tema,
es que no hay nada de lo que hablar.
Pasó, pasa, pasará. Nada más. Toda palabra
es inútil y dolorosa.
Nosotros nos miramos
y nos basta con mirarnos.
Nosotros estamos aquí, ahora. No podemos
decir más.
(Pero no, no basta, nunca bastará, jamás bastará.
Y lo sabemos, demasiado bien lo sabemos…)
“Lo dejo aquí”, escribe Emmanuel.
Y sí, lo deja allí. Ni una palabra más. Nada. Un punto final
que cae como una piedra de la montaña,
no una piedra cualquiera: la piedra que va directa a tu cabeza.
En algún momento alguno de nosotros dirá lo mismo.
En algún momento la piedra vendrá volando, de repente…
En algún momento…
Alguno…
¿Yo? ¿Quién?
Lo dejo aquí.
AHORA
Cuando la canción más tonta
te hace llorar
has llegado.
Cuando el recuerdo más simple
te parte en dos
de golpe
y caes muerto y vivo
más muerto y vivo
que nunca
y lo sabes...
Entonces has llegado.
Allí no hay nada.
Solo estás tú.
No: allí no estás tú.
Está lo que hay detrás de ti
detrás de tu piel
detrás de tus huesos
detrás de tus malditos prejuicios
tu ideas inútiles
tu bondad egoísta
tu egoísmo yermo
(si al menos te sirviera para algo, ese egoísmo tan
descomunal y tan inútil...)
Ahora no digas nada.
Llora si quieres.
Ríete de ti mismo...
No sabes cómo
pero has llegado...
Allí estás tú
lo que eres tú
el fondo de ti.
Has llegado...
Has llegado porque la canción más tonta
te abre en canal
te saca las entrañas,
lanza tu sangre como un río salvaje
contra el muro del parque infantil
donde viste el entierro
y comprendiste que allí no había nada
que tu padre no decía la verdad
porque la verdad no se podía decir
¿porque quién puede decir que allí no hay nada
a un hijo de tres años?
Ahora has llegado.
Una canción tan simple, un recuerdo tan tonto...
Has llegado
dentro
muy dentro
al fondo del fondo del fondo
donde ni siquiera estás tú...

























