LAS AMIGAS DE MI MADRE
Las amigas de mi madre se van muriendo.
Esas personas que llamábamos “tías” sin ser realmente “tías”.
(¿”Realmente”?, tal vez debería decir “Legalmente”…)
Los tíos y tías “de verdad” también se van muriendo…
(Y se van muriendo “de verdad”, aunque uno
los sigue viendo en su memoria, los sigue viendo
en las fotos que tiene
en el ordenador,
y están tan vivos ahí que parece mentira que no, que
ya no estén, que nunca más van a estar, pero es cierto,
y eso no es lo peor…)
Esa frase terrible que escuché un día:
“ya solo nos juntamos para los entierros”,
se ha hecho realidad en mi familia más cercana.
Todas las amigas de mi madre, todos mis tíos y tías (oficiales
o no) estuvieron siempre ahí, siempre, desde el principio,
desde mi primeros recuerdos…
A veces me olvido que han muerto. Mi mente
se niega a aceptar algo tan simple como la muerte.
Recuerdo conversaciones, miradas, risas…
Es injusto que la gente
se muera, pienso, pero ¿qué se puede hacer
o qué se puede decir
que realmente sirva para algo?
Nada. No hay nada.
Son tantos años de recuerdos…
Las amigas de mi madre nunca me juzgaron.
Nunca hablaban mucho
con ese niño a veces, muchas veces, enfadado con la vida.
(supongo que con mi madre sí que hablaban de mí,
pero yo nunca lo pensé..)
Las traté más de adulto, cuando aún seguía enfadado
con la vida, pero ya sabía que lo importante es disimular…
(¿Quién no está enfadado con la vida?
Pero qué derecho tenemos
a molestar a los demás
con nuestros insignificantes enfados?)
Ahora que no están seguimos jugando.
Miramos de reojo las sillas vacías y tiramos los dados.
Hay muchas sillas vacías pero el juego sigue.
Pasamos sobre las casillas del tablero y no decimos nada
cuando alguien tiene mala suerte con su jugada.
De niños, los niños jugábamos en otra habitación
mientras los padres hablaban. Ahora no hay niños que jueguen
y los padres ya no tienen ganas de hablar…
Las amigas de mi madre me vieron crecer…
Y crecer es esto:
ver una habitación llena de sillas vacías
donde los pocos jugadores que quedan
ya no tienen ningún interés en ganar la partida.
¿Y porqué siguen jugando, por simple inercia?
¿Acaso hay algo más? No hay ningún premio
para el ganador, solo en una habitación vacía,
solo con los recuerdos y las fotos mentirosas.
Los dados caen. Las fichas se mueven…
SUEÑO O DELIRIO
Que toda vida que se vive plena es vida para escándalo
Luís Antonio de Villena
Yo nunca quise armar ningún escándalo
y por eso renuncié a vivir mi vida,
o, en todo caso, viví solo un poco,
muy poco, tomándola con cuidado,
torpemente, sin pretender llamar la atención…
(aunque mi torpeza solía traicionarme
para horror mío).
Veía como vivían los otros sus vidas.
Como algunos abusaban de ellas todo lo que podían,
y no les importaba el escándalo.
Yo me alegraba por ellos
pero no les envidiaba.
Sus tesoros estaban muy lejos, demasiado lejos,
inconcebiblemente lejos para mí, era inútil
desearlos.
Si alguien venía a preguntar: “¿Estás bien?
¿Quieres algo?”. Me apresuraba en responder:
“Sí, sí, estoy bien, no te molestes, no hace falta que
insistas, estoy perfectamente”. Era mentira, claro.
Y todos lo sabían. O mejor dicho:
nadie lo sabía. Porque nadie miraba.
Era solo mi miedo, mi miedo a ser visto,
a estar desnudo
delante de todos, a sentirse
juzgado por un tribunal
severo y cruel
que en realidad no existía: o que solo existía
en mi imaginación.
Nadie miraba, pero mi miedo estaba siempre ahí.
Pasar discretamente, lo más discretamente posible.
Pero mi torpeza…
Mi maldita torpeza…
¡Ay! ¡Quién fuera invisible!
Observar a los hombres sin ser visto nunca.
Y no necesitar nada.
EMMANUEL CARRÈRE Y SUS HERMANAS HACIENDO KOLJÓS
JUNTO A SU MADRE MORIBUNDA
Nosotros no haremos Koljós.
(¿O sí?, ¿cómo saberlo?)
Nosotros no estamos cerca.
(Aunque lo estemos, si lo estamos…)
Nosotros sabemos que la cadena es larga, muy larga,
pero tiene un final
y si te pasas aprieta
y duele.
Nosotros no hablamos del tema.
No es que no “queramos” hablar del tema,
es que no hay nada de lo que hablar.
Pasó, pasa, pasará. Nada más. Toda palabra
es inútil y dolorosa.
Nosotros nos miramos
y nos basta con mirarnos.
Nosotros estamos aquí, ahora. No podemos
decir más.
(Pero no, no basta, nunca bastará, jamás bastará.
Y lo sabemos, demasiado bien lo sabemos…)
“Lo dejo aquí”, escribe Emmanuel.
Y sí, lo deja allí. Ni una palabra más. Nada. Un punto final
que cae como una piedra de la montaña,
no una piedra cualquiera: la piedra que va directa a tu cabeza.
En algún momento alguno de nosotros dirá lo mismo.
En algún momento la piedra vendrá volando, de repente…
En algún momento…
Alguno…
¿Yo? ¿Quién?
Lo dejo aquí.






















