sábado, 5 de enero de 2019










PARA EN TODAS LAS ESTACIONES


Ese furioso deseo
de herirnos y curarnos
con palabras y besos
que previamente han
desgajado nuestra piel.

Ese silencio de
reproches y culpa
familiar como la araña doméstica
colgada en una esquina del dormitorio
de siglo en siglo bajando a la cama
para comprobar que seguimos vivos.


Esa tristeza del nómada
que no puede ser feliz en el paraíso
aunque sabe que el paraíso
es la última mentira de la vida.


Y no hay tren que no acabe parando
en una estación sin nombre
donde caer en el embudo de los altavoces
del trasbordo feliz del billete abierto
del regreso.

Esa luz dulce de tus ojos
con su mancha de horror al fondo
dormido abismo de orgasmos
de terribles mordiscos cariñosos
de crujientes huesos momificados.

No puedo recordar ni el día ni la hora ni el lugar
porque cada día y cada hora y cada
playa y cada andén
y cada buen deseo sinceramente rabioso
se han lanzado contra tus caderas
en un desembarco suicida y esperado
bendecido por la araña sabia
bendecido por la guillotina de la persiana
bendecido por el revisor ausente
y el vago estudiante
y el que se cree que un piano es una escalera
y el que confunde sinceridad con ejecución sumaria.


Porque al final
ese furioso deseo de curarnos
y de herirnos
con besos y palabras
vuelve al recuerdo del verano
a la caja cerrada de los libros de contabilidad
a los teléfonos pendencieros
y los sobres tóxicos.


Y la tristeza del nómada
me envuelve con su escarcha
mientras el tren pasa una estación tras otra
y se acerca a velocidad constante

jueves, 11 de octubre de 2018












IN NOMINE VERITATIS

Sólo la luna sospecha la verdad.
Y es que el hombre no existe.
VICENTE ALEIXANDRE


Sólo la luna sospecha la verdad.
Pero hay verdades que no deben ser reveladas.
Y si lo son, entonces deben ser olvidadas.
O mejor: repetidas.
Repetidas miles de veces por miles de niños famélicos,
recitadas en las escuelas, sobadas en los mercados,
engalanadas hasta la asfixia en las iglesias,
maniatadas y acuchilladas en los telediarios;
porque sólo entonces,
cuando no sean más que huecas palabras,
podrá el hombre cargar sin miedo con ellas.

Hoy estoy pensando en unos versos de Aleixandre.
¡Cuánto me gustaría poder decir lo mismo!
De verdad: creedme:
daría mi mano izquierda
e incluso la otra, la que me mantiene erguido
en mitad de la tormenta,
la que detiene la flecha y abre la ventana,
la que me ayuda a amar,
a amarrarme a la vida contra toda esperanza,
a no olvidar tantos buenos momentos
–y soñar muchos más–,
por poder decir lo mismo.
(Viva el hombre feliz en su ignorancia
como un fantasma que sabe que no dejará huellas en la arena.)
Pero no puedo. No puedo.
Por más que lo intente… No puedo…
Desviad la mirada. Cerrad los ojos. No escuchéis
nada de cuanto os voy a decir.
Pero dejadme decíroslo una vez más…

Existe el hombre en su penumbra.
Existe y está solo.
Con sus miedos. Con su insólita pesadumbre.
Con su triste osamenta de lágrimas.
Por mucho que grite
y maldiga
y llore
y se revuelva con rabia en su celda
y reniegue de sí mismo
y diga que no existe
y trate de engañar a la luna mostrándole
su sombra y nada más
(y la luna, medio ciega, lo ignore),
existe en verdad y está solo,
solo en su soledad más honda,
solo en su pesar a su pesar.
Existe… ¿Y qué hace?
Se pasea.
Se mueve torpemente de un lado a otro.
Y espera,
espera la hora en que habrá de rendir cuentas
–¿a quién, si está solo?–,
deseando que el dios muerto de la infancia,
llegado el momento definitivo,
se resucite a sí mismo,
y lo resucite a él después.








jueves, 21 de junio de 2018




UN BUEN ODIO


A los romanos los odiamos a primera vista.
Y lo mismo hicimos con los bárbaros.
Llegaron los moros y nos tocó odiarlos:
y los odiamos con ganas
Echamos a los moros y se quedaron los judíos.
Tocaba seguir odiando y odiamos,
pues ese era nuestro trabajo.
Se fueron los judíos pero llegaron los protestantes.
Y los piratas turcos y los piratas ingleses y los masones y los franceses,
aunque los franchutes asomaban poco la cabeza:
se la cortábamos de un tajo.
De tanto en tanto, en los intermedios, odiábamos a los maricones,
a las brujas y a los nobles, y cuando no había más remedio,
a los del pueblo de al lado, que los teníamos más a mano.
Llegaron los absolutistas y los liberales y la cosa se puso sería,
porque a veces no sabías a quién te tocaba odiar.
Y lo mismo pasó con los rojos y los fachas, que se movían tanto
que constaba saber quién era ahora el rojo y quién era ahora el facha.
Y después ya ni te cuento, con tanta casta y tanto populismo, no hay
quien odie correctamente.
Por suerte siempre tenemos a los cuñados, los hermanos, los vecinos, los suegros,
los jefes, los funcionarios, los de los otros equipos de fútbol y, claro está,
los del pueblo de al lado,
que esos siempre están a mano.
Nada como un buen odio
para sentirse vivo.